Parar no es opción
- Yais Barroso

- hace 5 días
- 1 Min. de lectura
No siempre es el trabajo lo que agota.
A veces es la manera en que se vive el día: el apuro constante, la dificultad para detenerse, la sensación de funcionar sin estar del todo presente.
Hay jornadas que avanzan sin pausa, donde todo se cumple y, aun así, queda una ligera distancia entre lo que sucede afuera y lo que sucede por dentro.
El cuerpo sigue, pero en tensión; la mente avanza, pero sin coincidir del todo con el propio ritmo.
Lo urgente ocupa lugar; lo interno se posterga casi sin notarlo.
Con el tiempo, ese modo deja señales pequeñas: irritación que surge de golpe, momentos breves de desconexión, un cansancio que no se entiende solo por las tareas del día.
No es desorganización.
Es un desfase entre la agenda y la propia presencia.
Cuando esto se vuelve habitual, el movimiento continúa, pero con una sensación tenue de estar quedándose atrás de uno mismo.
No lo detiene, pero sí deja un registro sutil, difícil de ubicar mientras sucede.
A veces, notar ese desfase no cambia la jornada, pero deja un punto de contacto distinto, una claridad breve que acompaña lo que todavía no encuentra palabras.
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