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Cuando el cuerpo pide otro ritmo...

Hay días en los que el cuerpo se mueve más lento y la cabeza se impacienta.

Como si hubiera una carrera entre lo que se piensa y lo que se puede.

Entonces llega la tensión, esa sensación de que si no se acelera, algo se pierde.


Pero no siempre es cansancio.

A veces es el cuerpo recordando que no puede sostener el ritmo del miedo: miedo a no cumplir, a decepcionar, a quedarse atrás.


En esos momentos, la pausa se vive como amenaza.

Descansar parece peligroso, frenar se siente como fallar.

Y sin embargo, lo que se quiebra no es la agenda, sino la conexión con uno mismo.


El cuerpo guarda un compás distinto al de la exigencia.

No entiende de rendimiento, pero reconoce cuándo algo deja de ser sostenible.

Ignorarlo no lo hace desaparecer, lo intensifica.


Escuchar ese ritmo no significa hacer menos, sino poder estar en lo que se hace sin romperse en el intento.

Y cuando ese reconocimiento encuentra un espacio donde pensarse, algo empieza a ordenarse desde otro lugar: uno más propio, más humano, más posible.


Nos vemos en sesión


Reflexión profesional. No reemplaza un proceso terapéutico personalizado.

Si deseas trabajarlo en un espacio cuidado, puedes iniciar tu proceso desde aquí.


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