El dolor que se volvió costumbre
- Yais Barroso

- 6 mar 2025
- 2 Min. de lectura
Hay experiencias que no entran como dolor.
Entran como hábito.
Como algo que se sostiene en silencio, porque la adaptación llegó antes que la conciencia.
Se suele mencionar el síndrome de la rana hervida:
la historia de una rana que, si cae en agua hirviendo, salta de inmediato,
pero si el agua se calienta poco a poco, permanece allí sin notar el peligro.
No porque no le duela,
sino porque la progresión la desorienta.
El cambio lento se vuelve imperceptible.
El cuerpo se adapta antes de comprender que algo ya es demasiado.
Traigo esa imagen porque, en algunos procesos terapéuticos, aparece una claridad parecida:
no sobre lo que ocurrió, sino sobre la manera en que alguien aprendió a seguir
mientras el entorno se volvía, grado a grado, más difícil de sostener.
Lo que alguna vez incomodó, con el tiempo, se vuelve paisaje.
No porque haya dejado de doler,
sino porque se volvió familiar.
Un modo de sobrevivir que terminó pareciéndose a normalidad.
Lo revelador casi nunca aparece de golpe.
Surge en un gesto mínimo:
una palabra que resuena,
una memoria que cambia de luz,
un comentario que hace visible algo que llevaba años acomodado en silencio.
No se trata de juzgar ese ajuste.
La adaptación fue una forma de protegerse cuando no había otras opciones.
Lo importante es el momento en que, por fin, se puede ver que no era naturalidad,
sino supervivencia.
Y desde ahí, recuperar la propia medida deja de ser amenaza
y empieza a ser posibilidad.
Nos vemos en sesión ☺️
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