Oportunidades que nunca llegan a empezar...
Hay posibilidades que dejan de existir antes de llegar a pensarse.
No siempre porque alguien las rechace, sino porque, a veces, dejan de avanzar mucho antes de convertirse en una decisión.

Una oportunidad aparece y, durante un instante, parece disponible; sin embargo, antes de preguntarse si realmente interesa, si vale la pena o si tiene sentido intentar, la mirada ya cambió de dirección, por lo que la posibilidad deja de ocupar el centro y empieza a hacerlo la propia persona.
Lo que podría haber sido una exploración empieza entonces a reducirse a unas pocas preguntas: si podrá, si sabrá hacerlo o si algo terminará saliendo mal. Son preguntas que parecen formar parte de la decisión, aunque algunas respuestas comienzan a aparecer antes de haber mirado realmente lo que había delante.
La oportunidad sigue ahí, pero ya no se percibe de la misma manera, porque empieza a verse desde todo lo que podría faltar, desde aquello que todavía no se domina o desde una escena futura que parece confirmar que quizá no tenía sentido considerarla demasiado.
No siempre se siente como haber dicho que no, ya que, a veces, solo queda la impresión de que no era el momento, de que todavía faltaba algo o de que esa posibilidad no estaba hecha para uno. Así, puede desaparecer sin haber sido rechazada, pero también sin haber llegado a explorarse.
Cuando esta forma de responder se vuelve frecuente, no solo quedan oportunidades afuera, sino que también empieza a volverse menos claro cuánto de cada decisión pertenece al propio criterio y cuánto queda definido por la manera en que la persona se percibe frente a lo que aparece.
Y quizá lo que empieza a pesar no sea una sola oportunidad perdida, sino la sensación de que cada vez quedan más cosas afuera porque la inseguridad termina decidiendo antes.
Nos vemos en sesión.
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