¿Por qué cuesta tanto decir que no?
Algunas respuestas salen tan rápido que parecen naturales.
Hay pedidos que apenas terminan de formularse ya tienen una respuesta. Casi no hace falta pensarlo: un “sí” aparece al mismo tiempo que la pregunta y, enseguida, todo sigue su curso como si las cosas no pudieran ocurrir de otra manera.

Muchas veces, además, ni siquiera se trata de algo importante. Puede ser un favor pequeño, un cambio de planes, un trámite, una visita o una ayuda que, por separado, parece no ocupar demasiado. Precisamente por eso, resulta difícil detenerse a mirar lo que ocurre alrededor de esas respuestas.
Así, con el tiempo, esa forma de responder deja de sentirse como una decisión y empieza a parecer simplemente la manera natural de estar en la familia. Algunas cosas se hacen porque siempre se hicieron así, incluso antes de preguntarse si ese día se quiere, se puede o se tiene tiempo.
Entonces, ya no hace falta que alguien insista demasiado, porque la costumbre suele adelantarse y empieza a mover horarios, prioridades y planes casi sin hacerse notar, mientras el propio deseo todavía no alcanzó a aparecer.
Y mientras algunas respuestas sigan apareciendo antes que el propio deseo, lo automático puede seguir pareciendo natural.
Nos vemos en sesión.
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