La culpa rara vez llega sola
- Yais Barroso

- hace 6 días
- 2 min de lectura
Hay emociones que se reconocen enseguida. La culpa no suele ser una de ellas.
Muchas veces aparece con otro nombre. Puede parecer duda, necesidad de explicar demasiado algo que ya estaba claro o esa sensación de estar haciendo algo por uno mismo mientras algo por dentro insiste en que quizá no debería ser así.

No siempre ocupa el centro de lo que se siente, a veces acompaña un límite que cuesta sostener, una relación que ya no hace bien, una conversación pendiente, un descanso que incomoda o una forma distinta de hacer algo. Desde afuera puede parecer que el problema está en actuar, decir que no o cambiar de rumbo, pero muchas veces lo difícil está en todo lo que eso empieza a mover por dentro.
Por eso la culpa rara vez llega sola. A veces se mezcla con miedo a decepcionar, con responsabilidad por otros, con una sensación de egoísmo o con el temor a que algo cambie en un vínculo importante. Otras veces aparece de formas menos claras. Cuando todo eso se junta, ya no siempre es fácil distinguir qué es qué.
Con el tiempo, incluso puede dejar de sentirse como culpa. Empieza a parecer prudencia, consideración, paciencia o responsabilidad. No porque esas actitudes estén mal, sino porque a veces ocupan tanto espacio que aquello que también necesitaba ser escuchado queda cada vez más lejos.
De ahí que algunas situaciones no pesan solo por lo que implican, sino por todo lo que hacen sentir antes de atravesarlas.
Cuando la culpa empieza a ocupar demasiado lugar por dentro, puede ser importante mirarla con más calma.
Nos vemos en sesión.
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